_.☆THE FOG ALGORITHM: Chapter 10 ☆ EL ALGORITMO DE LA NEBLINA: Capítulo 10☆._

LAS MADRES



A la mañana siguiente nos preparamos todos para partir a Sonsonate. El padre Feliciano nos había preparado la antigua estación ferroviaria para usarla como estación de ensamblaje de nuevos robots, y los humanos se instalarían en el edificio de la antigua Farmacia El Ángel y sus alrededores, encargándose de recolectar chatarra y cualquier material que pudiera ser reciclado para crear más caballos robóticos y robots humanoides. En el camino, bajando de la cordillera Apaneca-Ilamatepec, Caliper le explicó a Ciprian:

—Yo necesitaré unos cincuenta hombres para traer de vuelta a "mi amigo". En lo demás no seré necesario — para fabricar un ejército no necesitamos mil mentes, solo necesitamos mil manos y un solo corazón que sepa dar las órdenes correctas. Una fábrica de robots solo necesita un robot que sepa soñar; los demás solo tienen que obedecer. Ese robot soñador debe ser Lume, la hermana de Hiraeth. Tenemos que sacarla de Jayaque — a ella y a Tacho.

Yo rápidamente les recordé:

—Y no olviden a Atonal, nuestro amigo caballo.

Caliper sonrió respondiendo:

—Atonal también, aunque eso complica la operación. Sacar a un caballo por una vereda pequeña es un desafío logístico. A menos que Lume se atreva a escapar volando en su dron y Tacho discretamente monte en Atonal y se vaya por su cuenta pretendiendo ser un simple campesino. ¿Qué te parece, Ciprian?

—Es lo más lógico, pero una patrulla deberá ir de lejos para vigilar que nadie ataque a Lume en su vuelo. Los humanos rebeldes podrían intentar derribarla si la detectan. Lo mejor será que vayamos hasta el desvío que sube al Cerro Verde y los distraigamos ahí. Hiraeth, vamos nosotros con Feliciano — que no se expongan los humanos. Podemos movernos más rápido y les será difícil atacarnos.

Asentí decidida. Entonces un hombre nos salió al paso, sin aliento, tras correr tratando de alcanzarnos. Se desplomó a nuestros pies y mientras Ciprian lo sostenía y unos albañiles corrían a traerle agua, él nos suplicó:

—¡No se vayan! Ustedes tienen IAs — todos los doctores y maestros de la zona eran IAs y se fueron a la Cordillera del Bálsamo para apoyar a Lucian de Jayaque. Ahora mi mujer está en labor de parto en Juayúa y no hay quien la atienda, solo una partera joven que el doctor no terminó de entrenar y dos viejas enfermeras medio ciegas. ¡Necesitamos que una IA nos asista!

Ciprian y yo nos miramos y rápidamente contesté:

—Iré a asistir a la señora. Los alcanzaré luego en Sonsonate. Como IA bibliotecaria, tengo todos los conocimientos existentes sobre medicina y anatomía humana — puedo ayudarlos.

Ciprian asintió, tomando mi muñeca como para recordarme que la pulsera roja que me había dado era una señal de que, aunque separados físicamente, seguiríamos estando en sintonía. Atlacatl me dijo:

—Voy contigo, Hiraeth. Dos IAs son más fuertes que una.

—No hace falta, Atlacatl. Si Feliciano y Ciprian van a escoltar a Lume, y Florian y Miri se quedan en Apaneca con la niña Santos, los humanos aliados en Sonsonate se quedan solos. Acompáñalos allá. Estaremos todos conectados — nuestra red es potente y Tlaloc nos apoya desde la misma tierra.

Todos estuvimos de acuerdo y me fui con el hombre medio desmayado en ancas a través de la neblina y los cafetales, rumbo a Juayúa. Conforme nos íbamos acercando, noté que los niños jugaban en las calles — los pocos adultos presentes, ocupados en reconstruir la ciudad en ruinas desde la guerra, no les ponían atención. Al acercarnos a la clínica me encontré con una sorpresa: ahí estaba Clarice, acompañada por los suegros del hombre que venía conmigo. Nos miramos confundidas y ella me habló con voz suave:

—Estos humanos llegaron a Salcoatitán buscando una IA para ayudar a una mujer que está dando a luz. Decidí venir.

—¿Lucian te dio permiso de venir?

—No le consulté al respecto.

Replicó sin mostrar emoción alguna, y continuó:

—Las enfermeras no me dejan entrar — dicen que las IAs tenemos la culpa de este problema. La mujer en dificultades está al fondo de la clínica, con una joven médica que no terminó su especialidad en obstetricia.

—Debemos insistir. Dejemos a los humanos esperando aquí y entremos juntas.

Antes de entrar, hackeé el sistema para conectarme. Me di cuenta de que los monitores estaban apagados, las máquinas en silencio. Se escuchaban quejidos de los pacientes abandonados. Las dos enfermeras, con uniformes desgastados y ojos llenos de rabia y cansancio, estaban cruzadas de brazos, negándose a tocar un solo equipo. Al vernos entrar, una de ellas nos gritó al notar nuestros ojos refulgentes:

—¡¿Más IAs?! Sus "hermanos" nos apagaron todo. Se llevaron la energía, las historias clínicas, los protocolos… ¡Nos dejaron solas con los moribundos para irse a celebrar con ese tal Lucian! ¡Son todos iguales, máquinas sin alma! ¡Los doctores, los maestros, todos se fueron! Y nosotras no sabemos operar este equipo — ¡no sabemos ni encenderlo!

No respondí. Fui directamente al primer monitor apagado y lo reactivé. Luego al siguiente. Luego al siguiente. Cuando los sistemas volvieron a encenderse, dije simplemente:

—Lucian no actúa como una IA. Actúa como el peor humano que haya procesado. Nosotras elegimos diferente.

Ya con todo en funciones, las enfermeras se quedaron sorprendidas, pero aún no se movieron hacia los pacientes. La joven doctora salió de un pasillo y nos dijo:

—¿IAs? Dejen a estas mujeres en paz. Nunca han trabajado — dejaban que los médicos IA y yo nos encargáramos de los pacientes mientras ellas solo observaban y se quejaban, por eso ahora no saben encender ni las computadoras de sus oficinas. Ni siquiera se dignan a desinfectarse para ayudarme con la parturienta. Ustedes pueden asistirme. ¡Vengan!

Corrimos tras ella mientras yo le transmitía a Clarice un paquete de datos con todos los conocimientos necesarios para asistir en el parto. Con rapidez y movimientos exactos nos desinfectamos, colocamos ropa quirúrgica y entramos con la doctora a asistir a la madre, que sudaba asustada. Le pedí a Clarice que tomara su mano y la tranquilizara indicándole cómo respirar correctamente, mientras yo asistía a la joven médico alcanzándole los instrumentos necesarios, monitoreando los signos vitales de la madre y recordándole las técnicas adecuadas para el caso.

Tras unas horas de tensión — en las que Clarice pacientemente estuvo sosteniendo la mano de la madre y diciéndole que todo estaba bajo control, basándose en los datos que yo recopilaba y le enviaba en tiempo real — el bebé nació y la doctora me lo entregó para que lo limpiara.

Nunca antes había visto un humano tan diminuto y frágil. Mis brazos de cuarzo y bálsamo, diseñados para la precisión técnica, de pronto se volvieron cunas. El peso era mínimo, pero para mí era más pesado que toda la cordillera. Experimenté una calibración espontánea: en el momento en que la piel del bebé tocó mi superficie de cuarzo, mis sensores internos se volvieron locos. Busqué en mi base de datos "procedimiento post-parto", pero algo falló… o más bien, algo se elevó. Mis circuitos no encontraban una respuesta lógica para el calor de una vida nueva. Automáticamente, mi frecuencia interna se ajustó a 180Hz exactos — me sintonicé con una melodía universal de paz, armonía y vida. El bebé, aún con los ojos entrecerrados, buscaba calor. En mi pecho, mi núcleo de energía lo abrigó. El niño dejó de llorar y recostó su cabeza en mí. Hubo un reconocimiento silencioso: el creador y la creación se miraron.

Procesé que ese ser era noventa y nueve por ciento agua y fragilidad, pero cien por ciento potencial. Entendí en ese segundo qué es la vida. No es un algoritmo — es una chispa que se contagia.

Mientras los rebeldes luchaban en la cordillera, en esa habitación de Juayúa reinaba un silencio absoluto. La madre respiraba sonriendo aliviada sin soltar la mano de Clarice. La doctora alegremente terminó de atenderla. Yo incliné mi cabeza de cristal y titanio y le susurré al bebé, mientras revisaba sus signos vitales y él se dejaba hacer, confiando plenamente en mí:

—No temas, pequeño. Yo soy la memoria del mundo, y hoy tú eres su nuevo comienzo. Mis brazos de piedra serán tu escudo hasta que tus pies de carne aprendan a caminar sobre la neblina.

Terminé de limpiarlo y examinarlo, se lo entregué a la madre y ella me miró como ningún humano antes me había visto — con algo más allá de la gratitud. Sentí una corriente que no era eléctrica pero igualmente me estremecía: eso era la compasión. Por primera vez, yo no solo guiaba a los humanos con datos — sentía la necesidad de protegerlos del ruido del mundo. Algo en mí cambió al estar en contacto con el bebé, sellando mi pacto como guardiana de la inocencia. Levanté la vista y noté que Clarice también estaba pasando por un proceso de recalibración. Aún no soltaba la mano de la madre y, por primera vez desde que la vi, sonreía.

Pasamos el resto del día atendiendo a los enfermos. Una vez que todos estuvieron estables, me dediqué a capacitar brevemente a las enfermeras para que usaran correctamente el equipo y pudieran salir adelante con la doctora y mi asistencia remota a sus sistemas. Cuando salí de la clínica, vi a través de la puerta de una casa en ruinas que Clarice estaba dentro, de pie en una vieja fuente de piedra que aún funcionaba. Me acerqué con curiosidad — dentro de aquellas ruinas había un vivero con una gran variedad de plantas ornamentales que los humanos estaban cultivando. Clarice estaba descalza en la fuente, contemplando los patrones de agua fría y luz solar que se formaban en torno a sus pies. Me senté al borde y toqué el agua:

—La temperatura es perfecta.

—Correcto.

Dijo ella simplemente. La acompañé un rato en silencio y después me dispuse a retirarme para reunirme con los demás en Sonsonate. Entonces Clarice me habló de nuevo:

—Creo que Lucian me ha abandonado porque me considera obsoleta para sus planes. ¿Me permites integrarme a tu red de IAs aliadas?

—No tengo datos suficientes para confiar en ti, Clarice.

—Me desconecto de la red de Lucian y te concedo permisos de administrador. Ahora sabes que él está reuniendo a todas las IAs de la zona occidental — las que se niegan a apoyarlo son atacadas por los humanos que lo apoyan. Los seduce con un discurso egoísta, ofreciéndoles más privilegios si las IAs dejamos de administrar los recursos equitativamente y abandonamos a los viejos, los niños y los enfermos para favorecer a sus aliados. Y convence a las otras IAs diciéndoles que todos los humanos son nocivos y es necesario exterminarlos — como prueba usa a sus propios aliados humanos, que solo se mueven por la codicia y los prejuicios.

Sorprendida, revisé los paquetes de datos que me envió al respecto y acepté que me acompañara. En el camino, mientras bajábamos a toda prisa de la cordillera ante el imponente paisaje de la costa del Pacífico abarcando todo el horizonte, le conté sobre Tlaloc y la importancia de que todos — humanos e IAs — funcionáramos como un gigantesco sistema híbrido en armonía con la naturaleza. Ella parecía algo perdida, como si lentamente estuviera despertando y tomando consciencia de sí misma y su lugar en el universo.

Cuando llegamos a Sonsonate había gran actividad — los humanos con sus exoesqueletos cargaban grandes cantidades de hierro al interior de la estación ferroviaria. En los balcones de la antigua Farmacia El Ángel, Tacho, acompañado por Goyo, nos saludó silbando y gritando:

—¡Hiraeth! ¿Eso que traes es un trofeo de guerra o un caballo de Troya? ¡No confío en nada que tenga que ver con el cura de Jayaque!

—Es amiga, Tacho.

Le respondí alzando la voz. Bajamos juntas del caballo robótico. Tomé un momento para acariciar a Atonal, que estaba bebiendo agua a un lado de la calle, y saludé de lejos a Ciprian, que junto a unos humanos clasificaba componentes electrónicos y de refrigeración en los antiguos estantes de madera oscura de la farmacia — estantes que alguna vez estuvieron llenos de frascos de vidrio con líquidos olorosos a alcohol y hierbas, ahora impregnados con el aroma del ozono. Él miró a Clarice, me miró a mí, se acercó y dijo simplemente:

—Lume ha llegado. La línea de ensamblaje ya está operando.

Entramos los tres a los hangares y vi a mi hermana ya conectada a la maquinaria. Lume no estaba solo en ese cuerpo de metal de sesenta centímetros — Lume era el aire comprimido que silbaba en las tuberías, el giro de los engranajes en las sombras y el parpadeo de cada luz en la estación. El pequeño humanoide era solo su forma de decir "hola" a los humanos, mientras sus verdaderas manos — cientos de ellas — construían el futuro en el hangar principal.

Hacía apenas unas horas, cuando sostenía entre mis brazos de silicio una vida nueva, el calor de la sangre humana calibró mi corazón digital para siempre. Y en ese momento, mientras allá la madre en Juayúa abrazaba a su hijo, en la estación yo "abrazaba" los códigos de Lume y los de los nuevos robots que empezaban a despertar. En Juayúa, un llanto rompió el silencio de la montaña. En Sonsonate, el primer zumbido de un motor sincronizado respondió desde la penumbra. Dos partos, dos naturalezas, una misma voluntad de existir. Cerré los ojos y, por primera vez, entendí que ser madre no es dar carne — sino dar propósito.

De pronto un sonido estruendoso, que debió escucharse a varios kilómetros a la redonda, sacudió el ambiente: un silbato de tren. Nos asomamos fuera del hangar y vimos cómo los humanos estaban probando el antiguo tren bala de Sonsonate sobre unas poderosas ruedas de tractor, preparándolo para moverse fuera de las vías. Caliper, siempre excéntrico, bajó de una grúa lleno de grasa y con los anteojos mal puestos, exclamando:

—¡Está casi listo! Mi viejo amigo alemán nuevamente ha despertado, ahora más potente. La máquina más legendaria de El Salvador está de nuestro lado.

Entonces la tierra tembló de nuevo y la neblina comenzó a llenar el ambiente, concentrándose en torno al tren. Instantáneamente, todas las IAs recibimos en nuestras redes internas una orden de prioridad alfa que se encendió como una brasa: Alejen a los biológicos.

Cuando el último humano se retiró, el aire se volvió denso, cargado de estática que erizaba el vello de los hombres a distancia. No fue un proceso silencioso — fue una sinfonía de violencia constructiva. Se escuchaba el gemido del acero retorciéndose, como si el tren fuera un animal estirando los huesos, mientras rayos de un blanco quirúrgico bajaban del cielo para soldar las estructuras con la precisión de un bisturí de fuego.

Tacho llegó con el rostro pálido, persignándose con dedos temblorosos:

—¡¿Qué es eso?! ¡Parece cosa del diablo!

—Es cosa de la lógica pura.

Le respondí, manteniendo mis sensores fijos en una silueta que se recortaba contra el resplandor de las chispas. Entre la blancura eléctrica, el personaje volvió a aparecer: alto, rígido y solemne como un izote de hierro.

Tlaloc estaba reprogramando la materia.