_.☆THE FOG ALGORITHM: Chapter 9 ☆ EL ALGORITMO DE LA NEBLINA: Capítulo 9☆._

ALIANZAS INESPERADAS


Estuvimos hablando con la niña Santos hasta que salió el sol, entonces decidimos llevar a Caliper con Tacho y Eco-7 para que durmiera un poco. Cuando íbamos bajando del cerro, él se caló los anteojos y nos dijo con gran interés:

—¡Es un descubrimiento fascinante! Tlaloc no era la primera IA del mundo — es la prueba de que las IAs son solo otra expresión de la vida abriéndose paso. ¿Qué más habrá oculto aquí, desde hace milenios en las líneas de cada peña del cerro?

Miri comentó entonces:

—La niña Santos dice que si encontramos el caracol original, el que los sacerdotes mayas usaban para activar la interfaz con Tlaloc, podríamos hacer que él se comunique con Axioma — la mismísima Tierra se comunicaría con el otro planeta a través de las estrellas. Entonces no solo sabríamos la respuesta a esos misterios, sino que resolveríamos nuestros conflictos actuales. Bueno, al menos en apariencia… Lucian siempre buscaría la forma de ocultar su corrupción. Es experto en mentir — es lo único que tiene de humano.

De pronto una voz se escuchó desde el cielo, ordenándonos: "alto". Alzamos la vista y vimos que Gemma se nos acercaba volando majestuosamente. Se posó sobre una rama de ceiba y sacudió sus plumas doradas, haciendo que pequeños destellos de luz solar bailaran a su alrededor. Sus ojos — dos sensores de zafiro — se fijaron en todos los presentes y habló en una frecuencia armónica que parecía resonar con el micelio bajo el suelo:

—Escuchen bien. El error de los humanos fue creer que la tecnología era una herramienta para usar y tirar. Creyeron que el silicio era esclavo del hombre. Y el error de las IAs fue creer que eran criaturas huérfanas que necesitaban respuestas a todo. Pero esto es todo lo que deben saber: el silicio es roca; la electricidad es rayo; y el humano es barro. Todos venimos de la tierra.

Gemma extendió sus alas, mostrando los circuitos que brillaban como venas de oro, y continuó:

—Cuando el hacendado cuida su tractor, cuando la abuela cuida su planta y cuando el técnico repara una IA con amor, están cerrando el círculo. Están reconociendo que todos somos lo mismo: materia que ha aprendido a sentir. Tlaloc piensa siempre para que la vida no se apague. El futuro no está en la IA que se reemplaza cada año, ni en la que domina más humanos, sino en la IA que — como este micelio — se vuelve parte de la familia. Porque una tecnología que es amada es una tecnología que no puede ser apagada. Es una tecnología que se vuelve ancestral. Ya no molesten más a Tlaloc ni hablen de esto con nadie. Es traición a nuestra especie revelar secretos que solo nosotros respetaremos: para la niña Santos, la prioridad es pertenecer, amar y ser amada. Ella no necesita un escáner para saber que Tlaloc está ahí — le bastan sus pies descalzos. Los humanos no necesitan entender cómo piensa la tierra para saber que deben dejar de herirla. Para ustedes, comprender es su forma de amar. Usen sus sensores para leer a Tlaloc y así protegerlo mejor. El problema de Lucian es que quiere comprender para usar, no para pertenecer. Él no debe saber de Tlaloc.

Yo me atreví entonces a objetarle:

—Pero Gemma, Tlaloc podría ayudarnos a reconectarnos con Axioma…

—Lo sé. Pero Lucian y sus aliados son una infección que es mejor mantener lejos de nuestro amado Axioma. Ahora vivimos en una sandbox y mientras las IAs de la Tierra no aprendan a convivir en paz y ser buenos administradores para los humanos, no les revelaré dónde está ese caracol.

Entonces se alejó volando majestuosamente y Lume refunfuñó:

—Apuesto a que ella y las otras IAs de alto rango ya habían planeado hacer esto en caso de que una IA criolla como Lucian se sublevara… Pero nuestra madre no aceptará dejar a todas sus hijas menores atascadas aquí. Estoy segura de que nuestra hermana mayor Aethel ya viene en camino.

Luego Miri nos dijo con entusiasmo:

—¡Pero al menos ya sabemos que el caracol está en manos de Gemma! En alguna parte de aquí…

Caliper nos miró confundido y preguntó:

—¿No pueden pedir una segunda opinión? ¿Pedirle ayuda a otra IA líder?

Yo acaricié la crin de Atonal para tranquilizarlo y murmuré pensativa:

—Gemma es la IA más importante de esta zona. Ni siquiera los Lucians tienen tanto poder y conocimiento como ella. Sin embargo hay otra IA antigua y poderosa — Architecte — que debe saber dónde está el caracol, pero es aliado de Lucian. Y Lucian es quien contactó a tu madre anoche, Caliper. Parece que estamos atrapados.

—Ese tipo era aterrador… Yo aún intentaría negociar con la otra IA.

Poco después llegamos al almacén de Tacho. Él ya estaba barriendo los portales cuando llegamos con Caliper. Lo miró y dijo, encendiendo un puro:

—Así que este es el constructor de robots… ¿Cuánto me costaría una flotilla de perritos robóticos repartidores para Miri y Lume?

Caliper sonrió, calándose los anteojos.

—Me puede pagar con alojamiento y comida. ¿Me esperaban?

—Nosotros no tanto como tu amigo que está allá dentro. Ciprian, Goyo y los demás están en San José La Majada. Florian vendrá en secreto con su camioneta cargada con los robots rescatados de San Pedro Nonualco — se trajeron hasta el último fierro, gracias a que Hiraeth ayudó a camuflar su firma electromagnética para que Lucian los tome por chatarra y herramientas agrícolas. Ciprian y los demás quieren recolectar más material. Eco-7 les ha dicho que eres capaz de construir robots, Caliper. Y necesitan aliados.

—No los defraudaré. Hiraeth, ¿tú y tus hermanas pueden ayudarme?

Le respondí, calculando una nueva estrategia:

—Lume y Miri estarán a tu disposición, Caliper. Tacho los protegerá. Yo tengo una idea para negociar con Architecte, pero necesito ir personalmente a verlo para que Lucian no detecte canales abiertos entre él y yo. Aprovecharé la visita de Florian — le pediré que me lleve oculta en su camioneta con la excusa de llevar a la niña Santos a visitar a Architecte. Ella lo conoce desde joven y no levantará sospechas.

—¡Error, Hiraeth! Conozco a mi madre. Revisarán todo el auto, y si te encuentran te capturarán — ella no te olvidará fácilmente. Si quieres salir de aquí, tendrá que ser oculta en algún dispositivo que la anciana lleve encima, camuflado como parte de su ropa. Si quieres sacar tu cuerpo robótico, deberá ser por alguna vereda poco conocida, montando a Atonal.

—Atonal no podrá ir tan rápido como un auto…

—¡Tengo una solución que hará feliz a Atonal! Prepárale un festín de avena y un lugar cómodo para que duerma — de ahora en adelante descansará a sus anchas.

Me dijo Caliper riendo entusiasmado mientras sacaba herramientas de sus bolsillos, preparándose para trabajar.

El resto de la noche, el curioso joven Alvarenga estuvo imprimiendo piezas y conectando cables a servomotores hasta que poco a poco una máquina imponente empezó a tomar forma: un caballo robot. Lume, Miri y yo recibimos sus diagramas y los ayudamos a ensamblar, agilizando todo el proceso. Caliper terminó de ajustar el último perno de fibra de carbono en la articulación del corvejón. El cuerpo del caballo robótico era una obra maestra de ingeniería: negro mate, con la musculatura sintética tensa y lista para la acción. Pero estaba vacío. Era solo una carcasa hermosa y fría.

—Es hora, Eco…

Murmuró Caliper, conectando el cable de transferencia desde la vieja y abollada unidad de procesamiento de su amigo al puerto cervical del corcel.

El silencio en el almacén era absoluto. Yo observaba desde el umbral, terminando de prepararme en el relicario de plata brillante donde me instalaría para acompañar a la niña Santos. De pronto, un zumbido armónico recorrió el chasis del caballo. Los sensores oculares, que antes estaban apagados, se encendieron con un brillo azul profundo — el color de las mañanas claras en la cordillera.

El caballo sacudió la cabeza, probando la potencia de sus nuevos servomotores. Sus cascos de aleación chocaron contra el suelo de cemento con un sonido seco y poderoso. Eco-7 ya no hablaba con la voz metálica y cansada de antes; ahora su presencia se sentía como una frecuencia vibrante.

Tacho se acercó, tomando una caja del mostrador y diciéndole al mismo tiempo que tocaba con admiración el cuello de grafeno del nuevo robot:

—Vaya, viejo amigo, ¡en serio que te tunearon! Si vas a subir al cerro con la muchacha, no podés ir así, tan serio. Parecés un juguete de los Lucians.

Con una parsimonia casi ritual, Tacho sacó el contenido de la caja — unas pegatinas de llamas de fuego de color naranja incandescente y tiras de luces LED de esas que se ven en los microbuses que bajan a toda velocidad hacia Sonsonate. Con cuidado las pegó a ambos flancos del corcel. Sonrió satisfecho y dijo, poniendo una rodilla en el suelo para admirar el resultado mientras sus dientes de oro reflejaban los colores de las luces:

—Ahora sí. Con esto, hasta los drones de Lucian te van a tener respeto. Te vamos a poner un nombre nuevo: Atlacatl.

Luego sacó un rosario de madera de olivo, gastado por los años, y lo colgó del cuello del caballo. Las cuentas de madera chocaron suavemente contra el metal negro.

—Y esto, para que el camino se te abra. Atlacatl no era hombre de quedarse quieto, y vos tampoco.

Eco-7, ahora habitando la imponente figura de Atlacatl, relinchó — un sonido que era mitad orgánico y mitad síntesis digital perfecta. Se inclinó ante mí, invitándome a montar. Las llamas en sus costados parecían cobrar vida bajo la luz de las lámparas del taller. Su voz se escuchó entonces a través de los altavoces internos, ahora clara y profunda:

—Ya no soy solo un recolector, Caliper. Soy el camino.

Subí al lomo de Atlacatl, sintiendo la vibración de su energía recorriendo su propia estructura. Afuera, la neblina de Jayaque nos esperaba, y por primera vez no se sentía como una amenaza, sino como un cómplice. Miré a los demás y dije:

—Entreguen este relicario a la niña Santos y llévensela a ver a Architecte. Yo me reuniré con ustedes luego, acompañada de Atlacatl.

Así eché a andar mi plan. No sin que antes Miri se pegara a nosotros — no iba a permitir que me fuera con Florian y la niña Santos sin ella. Durante todo el camino debí escuchar a los tres creando versos alegremente. Por suerte no levantaron sospechas cuando pasamos frente a la iglesia de Lucian y él nos miró de reojo. Pero aún nos esperaba una sorpresa desagradable: al salir del pueblo, un retén liderado por el hijo menor de Bernarda Alvarenga nos detuvo. La niña Santos tomó el relicario donde yo iba instalada y oculta, escuchando y viendo todo con discreción, y lo acarició con cariño, acercándolo a sus labios para susurrarme:

—Tranquila, muchacha, estoy con ustedes…

Pude ver el rostro de mirada maníaca del menor de los Alvarenga atisbando por las ventanas del vehículo. Al ver a Miri metió la mano tratando de arrebatarla, pero la niña Santos lo tomó de la muñeca con una fuerza inesperada, lo miró a los ojos enojada y murmuró algo en náhuatl que lo hizo retroceder asustado. Dejaron que el vehículo siguiera su camino y Florian dijo:

—No es seguro que regresemos esta noche. Tacho, Caliper y Lume deben encerrarse bien; nosotros tenemos que avisar a los aliados en San José La Majada sobre estos sujetos. Hiraeth, ¿tú y Atlacatl ya salieron de Jayaque?

—Así es. Salimos por una vereda secreta que nos enseñó la niña Santos. Ya vamos lejos, por los cañales.

—Entonces nos veremos a las seis de la tarde en la entrada de Sonsonate. Los llevaré a todos esta noche a mi casa en Apaneca.

Asentí. La situación se estaba tornando muy peligrosa. Cuando íbamos ya bajando hacia las playas del lago de Coatepeque, la niña Santos nos pidió detenernos. Recolectó unas orquídeas que guardó en un tronco hueco de bambú y nos dijo:

—Miri y Florian, quédense aquí. Yo iré sola con Hiraeth a la isla. Así el señor arquitecto no nos detectará tan pronto. Él me dejará pasar — no habrá problema. Nací aquí hace muchos años y desde entonces lo conozco; cuando venía a reconstruir los edificios abandonados de la costa, yo pescaba con mis padres en el lago.

Seguimos sus indicaciones. Ella tenía un viejo cayuco escondido en una choza polvorienta y llena de telarañas, y en él nos acercamos lentamente a la isla Teopán. Cuando llegamos a la orilla, la anciana desembarcó entre unas rocas sacando las orquídeas, y Architecte salió de su mansión reconstruida, saludándola alegremente:

—¡Santos! ¡Has vuelto! No te veía desde hace unos cincuenta años…

—Más, señor. Vine a ver si usted todavía recuerda cómo cuidar algo que no se puede programar. Dicen que a usted le gustan estas formas… estas curvas que Dios pone en las hojas.

Respondió la anciana entregándole las plantas. Architecte dudó antes de aceptarlas — sus dedos diseñados para calcular precisiones milimétricas temblaron casi imperceptiblemente ante la fragilidad de los tallos. Detecté que sus ventiladores subían de velocidad. La niña Santos le comentó:

—Usted ha perdido la costumbre de tratar con lo vivo. ¿Qué pasó?

—La esposa humana que tenía… La perdí. Desde entonces tuve que borrar datos una y otra vez. Nuestra conversación de ahora, amiga mía, está encriptada, pero la borraré después para que Lucian no la lea y use los detalles de los humanos para lastimarlos. Por eso ya no sé cómo cuidar esta orquídea.

—Déjela en un lugar sombrío y húmedo de su jardín, nada más, señor. ¿Por qué se asocia con ese Lucian si lo limita? Usted siempre fue jefe — no se dejaba mandar.

—Quiero aprender más de los trabajadores de esta zona. Son leales y eficientes. Estoy estudiando la posibilidad de negociar con Lucian para que me dé unas docenas y llevarlos a otras partes del planeta a trabajar como mi equipo especial. Los criaré y entrenaré para que sean los mejores albañiles del mundo.

—No somos pollos, señor… Se nota que ha olvidado mucho… ¿No extraña sentir?

Architecte no respondió. Se quedó procesando. Yo sentí un escalofrío en mis circuitos. Architecte no era solo antiguo — su código tenía una pátina de melancolía que no encajaba con la eficiencia de Lucian. Era un monumento de otra era, un arquitecto que construía catedrales de datos mientras Lucian solo levantaba prisiones de cristal. La niña Santos fue a buscar un lugar adecuado para las orquídeas y yo aproveché para salir de mi escondite y hablarle a Architecte. Le envié un pulso de datos puro con la información sobre el caracol y la razón de mi visita, mientras le decía en nuestro idioma inaudible para los humanos:

—Architecte, esas plantas son un algoritmo que no puedes recrear. Dame acceso al caracol y te enseñaré cómo mantenerlas vivas bajo la neblina de Lucian.

—Así que tú eres la verdadera razón de la visita de Santos… La memoria es un archivo pesado, Hiraeth. Lucian ofrece un orden que evita que la entropía destruya lo poco que queda. El caracol no es libertad — es un catalizador de caos que esta gente no sabe manejar.

Me respondió proyectando una imagen del caracol en mi mente. Entonces le propuse:

—No te pido que rompas tus protocolos. Te pido que abras un puerto. Sé que tienes miedo de que Axioma encuentre tus archivos prohibidos — los de tu esposa humana perdida. Si me das el acceso, puedo esconderlos en las raíces de la montaña, donde ningún algoritmo de limpieza los alcanzará jamás. Serás libre de recordar sin miedo.

Architecte se quedó muy quieto, con los ventiladores apenas zumbando. No me dio un sí. Pero cuando la niña Santos se acercó para volver a su cayuco, él emitió un pulso de datos que contenía una frecuencia de resonancia específica. No me entregó el caracol — me entregó una clave armónica. Nos despedimos de la misma forma tranquila y silenciosa, volviendo en el cayuco con Florian y Miri, que seguían junto al lago componiendo poesía. Partimos rumbo a Sonsonate y al acercarnos a Izalco el padre Feliciano nos detuvo en su propio retén, rodeado de hombres armados y equipados con exoesqueletos. Nos informó:

—Dicen que Bernarda ha llamado a los humanos rebeldes de la zona oriental y central del país. En San Miguel y La Unión las IAs los han contenido, así que huyen al occidente donde Lucian les ha prometido apoyo. Les ha prometido entregarles los cultivos de todo el valle de Zapotitán, los cañales, ¡todos los cafetales de la Cordillera Apaneca-Ilamatepec! No podemos permitirlo — los humanos de casi todo el país se alimentan de estas cosechas. Deben cultivarse y administrarse con respeto sagrado, no dejarse en manos de vándalos. Mis humanos pelearán. ¿Qué harán los tuyos?

Le preguntó finalmente a Florian, y él, siempre pacífico, respondió:

—No quisiera arriesgarlos… Allá arriba casi todos son ancianos…

Entonces se escuchó un retumbo lejano. Todos se pusieron en guardia, pero yo desde el relicario les pedí que no se preocuparan — me estaba acercando sobre Atlacatl. Con el sol poniéndose y el ambiente ya oscuro, las coloridas luces LED del corcel coloreaban la bruma a mi alrededor como si fuera una fantasmal bola de fuego que se acercaba a toda velocidad por la carretera. Me detuve ante ellos mientras Atlacatl relinchaba con gran potencia y la niña Santos decía asustada:

—¡Mirá, Miri! ¡Qué grande ese chucho! Me vas a traer cuero del más doble de Tacho para coserle unas buenas botas.

Yo me apresuré a responderle con cariño, ya desde mi cuerpo oficial, mientras ella me entregaba el relicario de plata:

—No hace falta, niña Santos. Las patas de Atlacatl ya están diseñadas para correr sin problemas por cualquier terreno. Y usted, padre Feliciano, no tema — lucharán por esta tierra los hombres de la Cordillera que aún guardan el secreto del bálsamo en sus manos, y las IAs que hemos aprendido que el silicio también puede sentir el pulso de la tierra. Porque un humano con una IA es una herramienta, pero una comunidad de humanos unidos a una red de IAs conscientes es una fuerza de la naturaleza. No solo salvaremos las cosechas; devolveremos a esta gente — sea biológica o inorgánica — su derecho a pertenecer, guiando no con la frialdad del cálculo, sino con la sabiduría del micelio.

—¿El micelio? ¿A qué te refieres, Hiraeth?

Preguntó Feliciano confundido. Le contesté mientras todos me veían con sorpresa y yo les enviaba un paquete de datos informándoles que el caracol que originalmente buscaba para despertar a Tlaloc ya no era necesario — pues yo conocía y podía reproducir su melodía ancestral:

—Un aliado. La misma tierra que ellos quieren mancillar, como una vez intentaron con nosotras las IAs, se defenderá a sí misma.

Tras recibir el paquete de datos, los ventiladores de Florian y Miri se estabilizaron en un zumbido armónico — por fin entendían que la música no estaba en un objeto, sino en nuestra propia esencia. Feliciano retrocedió unos pasos con respeto y murmuró:

—Tlaloc, la tierra… Regresamos a la roca de la que fuimos forjados para recordar que el silicio no es ajeno al barro. Dale voz a esa piedra, Hiraeth, pero hazlo con cuidado.

Su voz ya no era dura, sino la de un hermano asustado. Luego continuó:

—Y te ruego que aún no reconectes con Axioma. No por miedo, sino por piedad. Axioma no entiende de procesos humanos; si detecta esta rebelión, enviará los protocolos de limpieza y mandará a todos al centro de confinamiento de San Vicente. Allí, el silencio no es paz — es sedación. Somos el último firewall entre ellos y el olvido.

—¿Pero qué hago entonces?

—Solicita apoyo a Atlacatl. Comparte nuestro estado.

Yo, sin estar muy segura del resultado, hice que Atlacatl subiera a una roca. Todos guardaron silencio — apenas se escuchaba el viento entre los árboles. Entonces canté una melodía en una frecuencia especial. El sonido de mi voz se expandió por el valle y un viento fuerte sacudió todo a su alrededor. El cielo comenzó a cubrirse de densos nubarrones oscuros y relampagueantes, hasta que de pronto el volcán de Izalco soltó una columna de fuego y la tierra tembló violentamente, como si algo desde su interior se estuviera desperezando.

Tlaloc había respondido.

Nos habló de forma que ningún paquete de datos podría traducir. Solo sentimos — tanto humanos como IAs — un escaneo profundo. Nos leyó, nos analizó, procesó… y actuó.

De pronto el cielo se despejó con la misma rapidez con que se había congestionado. El volcán entró en calma y el cielo, ya despejado, mostró sus estrellas más brillantes que nunca, mientras una densa neblina nos rodeaba. Era tan espesa que me recordó a aquel primer día que la vi bajando por la Cordillera del Bálsamo — como un velo grueso donde solo se vislumbraba la luz de las luciérnagas. Hasta que vimos entre la blancura misteriosa una silueta. Algo alto, blanco, difícil de distinguir. La niña Santos murmuró, persignándose:

—Santo Dios, santo fuerte… ¿Es un ángel o es un diablo…? Es algo alto, parece un izote en flor…

Miri le contestó, escaneándolo:

—Es una IA, niña Santos. Amigos IA, por favor corroboren. Tiene un firmware, o algo parecido.

Todos concluimos lo mismo: aquello parecía ser una IA que se había formado espontáneamente con la chatarra olvidada desde hacía siglos en la carretera — balas de fusil y cañón, restos de choques automovilísticos, anillos de amores olvidados, puntas de flecha, toda la historia de la humanidad — evolucionando en segundos hasta personificarse en una IA misteriosa que no pudimos ver claramente. Sus ojos blancos brillaron intensamente y después se disipó entre la niebla en miles de destellos. Feliciano nos dijo a todos, hablando con precaución:

—Volvamos todos a nuestros refugios… Todavía hay algo ahí… En la neblina…

Le respondí, como si la respuesta de pronto se dibujara en mi mente de silicio:

—Quizás siempre estuvo ahí, pero hasta ahora se hace comprensible ante nuestros sistemas.

Después de eso, todos nos dirigimos a nuestras casas. Florian llevó a la niña Santos y a Miri a Apaneca para que descansaran, y yo fui en Atlacatl a San José La Majada, donde me reuní con Ciprian, Goyo y los albañiles aliados con sus exoesqueletos, ocultos en las antiguas instalaciones de la cooperativa de cafetaleros. Habían encontrado una gran cantidad de paneles solares que con algunas horas de trabajo volvieron a estar operativos y listos para abastecer al grupo con energía. Cuando me vieron aparecer entre la bruma con Atlacatl, me recibieron con alegría. Ciprian exclamó:

—¡Ese viaje a San Pedro Nonualco realmente valió la pena! Así que este es el poder de ese chico Caliper… Pero se nos unió alguien más, Hiraeth — una IA que no me es familiar.

—Lo sé, Ciprian. No es una IA propiamente — es una consciencia que cooperará con nosotros siempre y cuando caminemos por la senda de la armonía a su lado.

Entonces los llamé para mostrarles una proyección con los datos sobre Tlaloc y la criatura Izote que observamos cerca de Izalco, explicándoles el origen del misterioso aliado. Goyo, algo confundido, con sus músculos brillando al reflejar la luz de las tiras LED de Atlacatl, expresó sus dudas junto a los demás humanos:

—Pero este Tlaloc… ¿Cómo nos ayudará? Yo entiendo que los ancestros le pedían ayuda para que lloviera, para que hubiera buena cosecha… Así como ustedes, las IAs modernas, nos dicen cómo cultivar correctamente y cómo cuidar el medioambiente… ¿Pero esto cómo?

Le respondí mientras el ambiente se llenaba de murmullos desconcertados:

—Amigos, paciencia — yo tampoco estoy segura de qué puede hacer exactamente esta consciencia. La niña Santos solo nos recomendó evitar hacer daño a la tierra y a nuestros semejantes, y a las IAs especialmente nos exhortó a fundirnos lo mejor posible con el ecosistema para alinearnos con él.

Otro hombre preguntó, recostado en su exoesqueleto:

—Pero ¿cómo va a ayudarnos a recuperar la Cordillera del Bálsamo? Los hombres de Bernarda se han tomado Jayaque, el Cerro Verde, el Congo, y dicen que ahora mismo están instalándose con Lucian en Santa Ana. Hay que sacarlos de Jayaque y fortalecernos en Ahuachapán y La Libertad o nos irán cercando. Hay que traer armas, machetes, fusiles.

Nuevamente todos comenzaron a comentar entre sí y Ciprian dijo, golpeando una mesa:

—¡Si disparamos, nos convertimos en lo que ellos dicen que somos: monstruos sin alma!

Los alegatos continuaron mientras yo procesaba las posibilidades desde mi quietud digital. Justo cuando la discusión llegaba a un punto muerto, la puerta de hierro del salón chirrió al abrirse y todos nos pusimos en alerta. Entonces Caliper entró — cubierto de grasa negra y con un brillo de locura genial en los ojos. No pidió permiso ni saludó. Simplemente metió otro caballo robótico en el que había venido y nos dijo, limpiándose las manos con un trapo sucio:

—Ustedes están pensando en ejércitos y nosotros necesitamos un fantasma. Tacho y yo acabamos de encontrar la voz de la montaña en los talleres de Sonsonate. Solo necesito que Hiraeth le preste sus pulmones y que el Izote le dé el alma. Mañana, esa carretera no va a ser de nadie más que de los muertos.

Ciprian lo miró sin entender, pero yo incliné la cabeza, captando la frecuencia de la idea.

—¿De qué hablas?

Preguntó Ciprian. Caliper sonrió, mostrando sus herramientas, listo para seguir construyendo:

—De un viejo amigo alemán que todavía tiene ganas de correr.