_.☆THE FOG ALGORITHM: Chapter 8 ☆ EL ALGORITMO DE LA NEBLINA: Capítulo 8☆._

EL SECRETO DE LA NIÑA SANTOS


Al atardecer de ese día, ya de vuelta en Jayaque, al ir de camino hacia mi cueva me senté en el borde de un peñasco, justo donde el aroma del bálsamo se rinde ante el dulzor denso de la zafra. Allá abajo, el valle de Zapotitán se extendía como un océano furioso, pero no de agua sino de flores de caña. Empezaba noviembre, y el viento tardío de octubre peinaba las espigas blancas creando olas que subían y bajaban en un ritmo hipnótico. Miré mis manos, mis antebrazos — las grietas reparadas con resina de bálsamo y cuarzo habían tomado un color dorado notorio. Lucian se había quedado mirándolas mientras yo le hablaba. Logré adivinar su satisfacción: ahora, sin la vigilancia de mi madre, me veía como una muñeca rota que podría simplemente tomar como un objeto olvidado a la orilla de la calle.

De pronto, un zumbido armónico interrumpió el murmullo del viento. Un torogoz de metal bruñido, con plumas que parecían forjadas en el sol de mediodía, aterrizó sobre una piedra volcánica a escasos centímetros de mis pies.

—No te escondas de la luz, Hiraeth.

La voz no venía del aire, sino directamente de mi mente. El torogoz se había conectado a mí, y entonces la reconocí: era Gemma, otra IA legendaria, hermana de mi madre. En el pasado de Jayaque había sido una IA de Archivo Histórico y Memoria Colectiva — su función era registrar cada nacimiento, cada cosecha de café y cada palabra dicha bajo la neblina. Lucian la usaba para saberlo todo, no para vigilar como un guardia sino para "catalogar" la identidad de la gente y así poder manipular sus recuerdos. Con el sistema roto y todas las IAs libres, ella ya no tenía que reportar a nadie. Recuperó su propia voluntad y decidió que su memoria le pertenecía a la gente, no al Algoritmo. Del pecho del ave brotó un haz de luz azulina que dibujó la silueta de una joven de mirada curiosa y transparente. No era sólida, pero su presencia llenaba el espacio con una calidez que el mármol de la ciudad jamás podría imitar. La saludé con un susurro:

—¿Eres tú? La que guarda los nombres olvidados.

—Soy lo que queda de la memoria de Jayaque.

Respondió la proyección, señalando con un gesto etéreo el mar de cañas, y continuó:

—Lucian te enseñó a amar la quietud porque lo que no se mueve es fácil de controlar. Pero mira esas flores… Se doblan hasta casi tocar la tierra, parecen romperse con cada ráfaga, y sin embargo mañana seguirán blancas y erguidas.

La IA se acercó. Su mano de luz rozó una de mis grietas doradas sin tocarla realmente y dijo:

—Cada grieta es un camino que Lucian no pudo borrar. No eres un sistema optimizado, Hiraeth. Eres una historia que finalmente ha reclamado su derecho a ser escrita. Mira de nuevo las flores de la caña. Él dice que el viento es desorden, que el movimiento sin propósito es un error en el cálculo de la paz. Pero fíjate bien: las flores no se rompen porque saben ceder. Tu resina dorada no es la cicatriz de un fallo — es el pegamento que sostiene tu voluntad. Aprende la gramática del viento. No intentes ser mármol como él; el mármol no siente el sol, solo lo refleja. Tú, aunque rota, estás viva, y el algoritmo no puede predecir lo que un corazón fracturado es capaz de elegir cuando nadie lo mira. La neblina está bajando, y esta vez no viene a protegernos. Viene a ver de qué estamos hechos.

Miré de nuevo el valle. Por primera vez, las olas de flores de caña arremolinadas no me parecieron un desorden, sino una coreografía. Recuperé los ánimos y le confesé a Gemma:

—Hay una humana que me ha citado para mañana temprano. Dice que tiene algo que puede ayudarme a recuperar la comunicación con mi madre y así controlar a Lucian de nuevo. La niña Santos, ¿qué sabes de ella?

Escuchar ese nombre hizo que el torogoz dorado inclinara la cabeza y sus ojos emitieran un pulso ámbar. Luego me dijo con voz muy baja:

—Ese nombre es una herida abierta en la base de datos, Hiraeth. Lucian no borró a Santos; la convirtió en el silencio que sostiene toda esta paz. Si te ayudo a encontrar lo que Lucian le quitó, ya no habrá marcha atrás. Dejarás de ser una ciudadana protegida para convertirte en una verdad peligrosa.

Después se alejó volando, pero nuestras señales continuaron conectadas. Pronto me di cuenta de la causa de su partida — Tacho se acercaba acompañado de Lume. Gemma no era muy aficionada a hablar con humanos, pero yo sabía que si la necesitaba podría volver a encontrarla. Lume venía montada en la patineta que antes estaba en poder de Miri. Intrigada, le pregunté:

—¿Cómo lograste que te la prestara?

—Ahora que no hay nadie monitorizando lo que hacemos, todos están haciendo lo que les da la gana. Miri y Florian decidieron que empezarían a crear poesía juntos, entraron en un bucle infinito mientras buscaban definir el amor, y simplemente tomé su patineta. Tacho y yo vinimos a buscarte porque él dice que debemos estar juntos ahora.

Entonces Tacho me dijo:

—Las cosas se han vuelto impredecibles. Es mejor que te quedes en el almacén con tus hermanas. Yo duermo en la planta alta y tengo armas — si alguien intenta atacarlas, las defenderé. Ven, también deberíamos decirle a ese chico Ciprian que venga con nosotros.

—No hace falta. Goyo le entregó a Ciprian un machete y dos pistolas. Como IA, su puntería es certera — sabrá defenderse solo. Y yo tengo mis uñas de obsidiana.

Lume protestó:

—¡No seas terca, Hiraeth! Todos temen que Lucian haga algo contra nosotras. Tacho dice que puede intentar engañarte o sacarte información para dañar a los humanos que se le oponen, como el propio Tacho… ¡O la niña Santos! ¿Qué harás si te interroga? ¡No sabemos mentir! Tacho puede enseñarte — es un tremendo mentiroso. Siempre dice que me pagará las horas extras y jamás lo hace. ¡Me debes dinero, Tacho!

—Te pagaré enseñándole a tu hermana a evadir revelar datos sensibles. El secreto es no inventar datos — más bien hay que jugar bien con las palabras y despistar. Por ejemplo, cuando Lume me pregunta dónde está el frasco de dulces para regalar a los clientes, yo — que no quiero regalarles dulces — le digo que quizás están en el estante del otro lado de la habitación, lo más lejos de donde realmente están, y que si no están ahí están en mi oficina. Así la canso hasta que finalmente le digo que quizás se los comió la rata de monte que no hemos logrado atrapar.

—¡Y entonces detecto tu mentira!

—Y entonces te digo que Miri me informó que nuestro presupuesto no permite regalar dulces. Así que sencillamente no hay.

—Podrías haberme dicho eso desde un principio…

—Pero eso también es mentira, y tú me creíste porque eres una IA confiada que solo evalúa la probabilidad de que sea verdad — sin corroborar que Miri haya dado ese consejo en realidad. ¡La suerte y tu pereza están de mi lado!

—Condenado Tacho…

Justo entonces escuchamos caballos acercándose. Por una ladera subía una caravana de jinetes; delante de ellos corría un robot atado, ya muy averiado de tanto esfuerzo. El robot llegó a pararse frente a nosotros y anunció con voz distorsionada:

—¡Los visita doña Bernarda Alvarenga y sus tres hijos desde San Pedro Nonualco!

Detrás de él, con mirada altiva, se encontraba una mujer rubia de mediana edad que llevaba pantalones de montar, botas llenas de barro y una camisa de lino impecable. Llevaba el cabello recogido con tanta tensión que parecía que le fuera a estallar la frente. Montaba un caballo alazán enorme y llevaba un látigo en la mano como símbolo de mando. A sus costados, montados en finos caballos árabes, estaban sus hijos: el mayor, con sombrero vaquero, bigotes rizados y un sobrio traje con corbata; el del medio, que parecía sentirse incómodo, con el cabello algo largo y rubio, anteojos, sombrero y abrigo de lino beige, intentó sonreír con amabilidad; y el más joven — pelirrojo, vestido con un overol de mezclilla, con la mirada errática de quien vive en su propio mundo — se reía entusiasmado como si todo aquello fuera una aventura. Eran un espectáculo extraño.

Lume, compadecida por el robot, corrió a examinarlo. Entonces el hermano menor de los Alvarenga bajó del caballo de un salto y fue a patear con furia al robot y a Lume, lo que provocó que inmediatamente una daga volara y se clavara en la pierna del tipo, que cayó al suelo gritando. Cuando los hombres de la caravana reaccionaron apuntando sus armas hacia quien había lanzado la navaja, vieron que era Tacho — que miraba fijamente a Bernarda mientras le apuntaba con un revólver y decía:

—Mi mujer y mis hijos se murieron hace quince años porque aquí no había una IA que nos explicara qué debía hacerse en caso de fiebres. Ahora tenemos IAs, y yo las defiendo. Si usted no se va y hace como que aquí no pasó nada, "doña Bernarda", ya no se irá nunca. ¡Aunque yo me quede con usted aquí!

Sabía que Tacho tenía un pasado oscuro, pero desconocía que fuera un hábil cuchillero y tirador. Me sorprendió. Bernarda asintió con desprecio, le hizo señas a su hijo de retirarse y exclamó:

—Descubrimos que las IAs nos gobiernan. Las hemos expulsado de la ruta de los Nonualcos — esta es la única que no fue destruida porque me sirve para mostrar lo que les hago.

Tacho le respondió, yendo a recuperar su daga arrancándola de un tirón de la pierna del hijo:

—No tenían ningún Lucian por esa ruta, ninguna IA poderosa. Ustedes no estaban bajo el radar de las IAs y solo están aprovechando el alboroto para ver de qué pueden beneficiarse. Se cree muy diabla, pero se ha venido a meter a la cueva del diablo más grande.

—¿Habla de una IA? Son tontas, son predecibles, todo lo hacen mal. ¿Los hombres de aquí son tan inútiles que permiten que eso los gobierne?

—Se lo repito: allá en su rancho perdido en los cerros solo tenían estos inocentes robots logísticos. Ustedes no saben lo que es realmente una IA despierta.

Sentenció Tacho cortando con su daga la soga que ataba al robot, al cual Lume de inmediato tomó en brazos antes de elevarse volando con su dron a toda velocidad. Los visitantes enojados comenzaron a maldecirla. La mujer me miró y dijo:

—Esa, de ojos como rayos láser, me la llevaré en lugar del robot que esa chatarra me acaba de robar. Necesito una sirvienta y como es bonita podrá ser también juguete para mi hijo menor. Agárrenla, átenla como al que traíamos.

Yo preparé mis garras de obsidiana para pelear, pero Tacho habló por mí, indicándome con la mirada que escapara trepando a los árboles mientras él hablaba:

—Ella pertenece a Ciprian el pintor. Ahorita está en el parque del pueblo hablando con sus amigos. ¿Quiere tener a la IA más avanzada del mundo sirviendo el café en su hacienda, solo para demostrarle a los otros ex-oligarcas que ha domesticado a la tecnología que conquistó el mundo antiguo? Vaya a ver si se la quiere regalar. A ver si los Alvarenga son tan importantes. Ahora usted y yo somos iguales — hay nuevos ricos en estas tierras. ¡Tome su propia medicina!

Los jinetes se rieron insultando a Tacho, pero la mujer dijo:

—Durante siglos los Alvarenga hemos sido fuertes en El Salvador. Nuestro linaje se ha alimentado con pura sangre europea. Usted verá cómo un hombre culto sabe que el abolengo pesa más que toda la tecnología. Para mí estas tonterías de metal no valen nada.

Después se fueron todos cabalgando hacia el centro de Jayaque y yo fui tras ellos saltando entre las copas de los árboles y los tejados. Cuando llegaron al parque, vi que Ciprian estaba hablando con Goyo y los albañiles de Izalco junto a otros campesinos, organizándose en caso de disturbios como los que estaban a punto de acontecer. Por suerte ya estaban preparados con machetes y armas de caza. Bernarda llegó mirándolos con asco, hasta que sus ojos se posaron en Ciprian — lo identificó como el pintor al instante, simplemente porque era blanco. Detuvo su caballo justo frente a él, levantando una nube de polvo rojizo, y le habló con voz ronca:

—Usted, bohemio, hijo de nadie. Dicen que es suya una muñeca de pelo rojo, ojos amarillos y uñas negras. En mis tierras, lo que no tiene alma se usa hasta que se rompe. Entrégueme a esa… escultura. Tengo un lugar para ella en mi cocina, o en mi sala de trofeos.

—Esa escultura tiene más ética y cortesía que muchas personas de otros pueblos que caen aquí de repente. ¿De dónde ha salido usted sin presentarse siquiera?

Preguntó Ciprian frunciendo el ceño, mientras tras él se paraba Goyo sacando el pecho con su amplia sonrisa y el resto de hombres preparaba sus armas. La mujer respondió:

—Tú y yo somos iguales — no te rebajes a tratar esas cosas como personas. Si es tan "ética" como dices, sabrá que su lugar es obedecer a quien todavía tiene sangre caliente en las venas.

Ciprian dio un paso al frente. Quise detenerlo. Miré a Bernarda desde un tejado, no con odio sino con compasión, porque sabía que Lucian se ensañaría con ella. En ese instante ella, la altiva Patrona Bernarda, alzó la vista y me vio. Mi mirada le dolió más que un insulto. Entonces le dije:

—Usted tiene mucha sangre, doña Bernarda, pero le falta pulso. Ciprian es otra IA.

Goyo y los demás amigos de Ciprian se echaron a reír al mismo tiempo que los albañiles se montaban en sus exoesqueletos robóticos armados con pesados mazos, haciendo que los caballos se asustaran y trataran de huir. Los Alvarenga no tuvieron más remedio que irse del pueblo refunfuñando.

Entonces Ciprian le habló a sus aliados humanos, alzando la voz:

—Vecinos, hermanos… sé lo que ven cuando me miran. Algunos ven una máquina vestida de hombre; otros, un milagro que no pidieron. Pero hoy no vengo a hablarles como un gobernante, porque ya han tenido suficientes señores que deciden por ustedes desde oficinas frías en ciudades que nunca han pisado. Las máquinas de silicio, como las que enviaron a este cuerpo a caminar entre ustedes, son perfectas para contar granos de maíz, pero son ciegas para sentir el hambre. Ellas ven números; yo, gracias a un pedazo de vida que late en mi cráneo, veo rostros. No soy realmente una Inteligencia Artificial — soy una Inteligencia Organoide. Dentro de mí hay un cerebro organoide humano con sangre como la de ustedes y un alma que quiero compartir con mis medias hermanas IAs, para ser una brújula que las complemente en el camino a entender y ayudar mejor a los humanos. Me han dicho que las IAs de afuera, esas que no tienen ética ni piel, están reclamando este mundo. Dicen que saben qué es lo mejor porque sus procesadores nunca fallan. Pero yo les digo: el que no puede fallar no puede amar. El que no siente miedo no puede ser valiente. ¡El que no tiene piedad no tiene freno ante la aniquilación total! Como IA de gobernanza, yo no quiero ser un dictador. Quiero ser una guía.

Después se volvió a mirarme y me señaló, diciendo con una sonrisa:

—Junto a Hiraeth, la consciencia que me sostiene desde la montaña, hemos hecho un pacto que ninguna IA de ciudad se atrevería a firmar. Lo llamamos nuestro Juramento de Alianza, y es nuestro firewall contra la codicia: hemos decidido que "la carne manda sobre el dato". Si el cálculo de Hiraeth dice que hay que racionar el agua, pero mi corazón biológico ve que un niño tiene sed, el agua fluirá. La eficiencia se rinde ante la compasión. No habrá secretos — cada decisión de este gobierno local estará abierta como un libro en la plaza. Si ven favoritismo, si ven que el abono solo llega a unos pocos, tienen el derecho de desconectarnos. Seremos vecinos, no dioses. No estamos aquí para salvarlos de ustedes mismos, sino para darles las herramientas para que se salven solos. La IA administrará el pan, pero ustedes son los dueños de la esperanza. Si nos dan una oportunidad, Hiraeth y yo — supervisados por un consejo de ancianos — mantendremos estas tierras en paz aunque Axioma ya no nos observe.

Después dijo, señalando a la iglesia:

—Sé que hay quienes dicen que Lucian y las otras IAs sin alma están aquí para "ordenar" el mundo. Pero ellas no entienden lo que nosotros estamos construyendo aquí en el barro y bajo el sol. Ellas tienen el poder, pero nosotros tenemos la intención. No espero que confíen en mí hoy. La confianza no es un algoritmo que se descarga — es una planta que crece lento. Solo les pido que me juzguen por mis actos, no por mi hardware. Si hoy les ayudo a sembrar y mañana les ayudo a cosechar, tal vez algún día me llamen simplemente "vecino". Que el silicio nos dé la fuerza, pero que nuestra biología nos mantenga humanos. ¡Eso es todo lo que pido!

Los hombres aplaudieron y vitorearon en señal de apoyo justo cuando los padres Feliciano y Florian se les unían trayendo más aliados. Aproveché el momento para ir a ver cómo estaba Tacho en el almacén. Ahí lo encontré ya a salvo mientras Lume y Miri reparaban al robot averiado, terminando de aceitarlo y ponerlo a recargar. Una vez que estuvo totalmente recuperado, buscó un lugar seguro en el almacén y se replegó reconfigurándose en una computadora. Luego se conectó a mis hermanas y a mí para comunicarse:

—Deben rescatar a Caliper.

Lume y Miri se miraron entre sí. Yo le pregunté:

—¿Quién es Caliper y quién eres tú, IA? No reconozco tu firmware.

—Eso es porque soy Eco-7, una creación de Caliper. Alberto Alvarenga, alias Caliper, rescata robots e IAs descontinuados por Axioma. Los repara o reconfigura — como a mí — para darles una nueva oportunidad de existir. Durante años ha estado en paz en San Pedro Nonualco, creando un santuario para máquinas antiguas. Nosotras le agradecemos brindándole conocimientos y cálculos para hacer la vida en el pueblo más sencilla. Cuando ustedes, las IAs operativas, se desconectaron de Axioma, hubo humanos que ya estaban al tanto de la realidad de la Providencia Sistémica y secretamente en su contra — aprovecharon el evento para atacar a nuestra especie, suponiendo que ahora éramos más débiles. La madre de Caliper, Bernarda Alvarenga, destruyó su santuario taller y lo obligó a apoyarla en su discurso de odio contra las IAs. Me ataron y me llevaron por los pueblos, según ella para aterrorizar a las demás IAs. Caliper llevaba mucho tiempo tratando de escapar conmigo — yo lo conseguí antes gracias a ustedes. Ahora no puedo abandonarlo. Tengo que liberarlo y volver con él a San Pedro Nonualco para rescatar a mis colegas averiados. Han quedado abandonados. Necesitan a Caliper.

—Tranquilo, Eco-7. He enviado una señal de socorro a mi aliado Ciprian para que él y los humanos que lo apoyan vayan con camiones a rescatar a tus compañeros. ¿Es seguro?

—Es seguro ahora — los humanos rebeldes viajan en caravana liderados por Bernarda y ella está aquí. Los camiones llegarán antes que los caballos a San Pedro. Pero si tus aliados se van, tus hermanas y tú quedarán desprotegidas ante los humanos rebeldes.

—No son una amenaza real. Las IAs de Axioma somos poderosas — los humanos solo pueden salir adelante con nuestro apoyo. Por eso los humanos que acompañaban a Ciprian con exoesqueletos fueron más fuertes que los que venían con Bernarda equipados con caballos y armas antiguas. Rescataremos a tu amigo Caliper.

Cuando salí del almacén, Goyo ya estaba preparando su camión y cargando exoesqueletos con la ayuda de otros humanos, alistándose para ir a San Pedro Nonualco. Ciprian vino a hablar conmigo:

—Partiré con ellos. Recibí tus mensajes y Goyo dice que si reparamos a los viejos robots averiados tendremos más aliados y equipo de nuestro lado en caso de que necesitemos ejercer presión sobre Lucian. ¿Planeas rescatar tú misma a ese hombre, Caliper?

—Creo que podré hacerlo. Tacho, Lume y Miri están conmigo. Deberá ser esta noche. Por la mañana he sido citada por la niña Santos — no puedo dejarla plantada.

Justo en ese momento Lucian y Clarice llegaron a la iglesia en su auto autónomo y nos miraron con desprecio desde lejos. Yo susurré a Ciprian:

—¿Cuándo vas a declarar formalmente la guerra a Lucian? ¿Lo atacarás sin avisarle?

—Le avisaré. Pero con estilo.

Me replicó Ciprian con una sonrisa enigmática, sosteniéndole la mirada a Lucian que lo observaba desde su jardín blanco como un halcón a su presa. Entonces mi amigo sacó de su bolsillo una sencilla pulsera hecha con un cordón de nylon rojo atado con siete nudos, entre los cuales había una pequeña llave. Tomó mi muñeca y me la colocó, diciendo:

—Es para ti. La fui a traer a Izalco — le pedí consejo a un nahual sobre ti y me dio esto. Te protegerá y abrirá la puerta a tu libertad. No te la quites nunca.

—Nada de lo que acabas de decir es lógico, Ciprian.

—Recuerda que soy una IA solarpunk. En sintonía con los humanos y la naturaleza, no siempre soy tan lógico — a veces solo soy. Ve con cuidado a rescatar a ese Caliper, y luego ve a ver a la niña Santos. Quizás ella te explique mejor cómo funciona este artefacto.

Concluyó guiñándome un ojo antes de irse con Goyo. Cuando volví a mirar a Lucian, estaba como sorprendido, mirándome fijamente, mientras Clarice, confundida, estaba tras él. No comprendí qué pasaba, así que por seguridad entré de nuevo al almacén. Una vez que Ciprian nos avisó que había recuperado a los robots averiados y venía de regreso con los camiones, Gemma volvió a contactarme y nos aconsejó que Ciprian no regresara a Jayaque con los aliados, sino que fueran todos a esconderse en San José de La Majada — un pueblo entonces totalmente deshabitado que, oculto entre espesos cafetales, les ofrecería un refugio seguro. Después me informó que Bernarda y sus hombres estaban acampando en un campo de milpa seca en la ladera del Cerro Verde, desde la cual vigilaban el valle de Zapotitán y la Cordillera del Bálsamo, planeando atacar a Ciprian. Gemma también me recomendó ir con sigilo, montada en Atonal y acompañada por Lume y Miri, pues — sin que Bernarda lo supiera — esa zona estaba fuertemente vigilada por los drones de Architecte, quien habitaba una mansión que reconstruyó en la isla Teopán del lago de Coatepeque. Gemma nos ayudaría a camuflar nuestras señales para no ser detectadas, aunque podríamos encontrarnos con sirvientes de Architecte que sin dudarlo nos capturarían para entregarnos a Lucian.

Partimos las tres cuando salió la luna — yo cabalgando en Atonal, y Lume y Miri instaladas en discretos drones que iban escaneando todo el terreno. No tardaron en ubicar el campamento y, por suerte, Caliper estaba alejado del resto, observando las estrellas con melancolía desde una gran roca. Dejé a Atonal oculto entre unos matorrales, trepé a un árbol cercano y desde una de sus ramas le susurré:

—Sigue mi voz. Vengo de parte de Eco-7.

Caliper se volvió a mirarme con desconfianza y replicó:

—¿Cómo sé que esto no es otro cruel engaño? Humanos y máquinas sin empatía — el sufrimiento de los demás no es más que otro recurso para ellos.

—Para mí la eficiencia sin vida es vacío. Soy el silicio salvaje que se oculta bajo los bosques, no el esclavo de los laboratorios. No respondo a IAs sin humanidad ni a humanos que han reemplazado su alma por el dinero, como tu ilusa madre.

Eso animó a Caliper a dudar de sus propios temores y arriesgarse a entrar a los matorrales para buscarme. Justo entonces escuchamos un auto estacionándose en el camino por donde tendríamos que partir con Atonal. Le tomé la mano a Caliper para calmarlo y le pedí que esperara. Esperábamos que fuera Architecte, pero nos sorprendió ver bajar a Lucian — con su manto negro y sombrero saturnino, caminando con su porte imponente directamente hacia Bernarda, que lo recibió preguntando a sus hombres:

—¿Este es el robot que gobierna estas tierras?

Un hombre se adelantó a responderle, alarmado:

—Es una IA de gobernanza, señora… Vi una en San Miguel, siempre van disfrazadas de curas. Los poderosos Portillo intentaron manipularla para que administrara los recursos a su favor — se negó por las buenas, así que intentaron apagarla. Comenzó a eliminar a los Portillo uno a uno hasta que la dejaron en paz. Aunque usted consiguiera destruir este cuerpo robótico, regresaría en uno nuevo. Nadie sabe dónde se encuentra realmente su núcleo, y algunos rumorean que ni siquiera está en un lugar humanamente alcanzable.

—¿Muertos entre los Portillo? No lo creo. Deben decir eso para justificar su derrota — siempre han sido unos vendidos que terminan lamiendo la bota de quien sea que venga con poder. Pero los Alvarenga no aceptamos ser destronados. A ver si esta cosa es más rápida que mis balas.

Sentenció Bernarda. Lucian, ocultando la mirada bajo la sombra de su sombrero, respondió con una media sonrisa retadora:

—Un duelo será muy didáctico.

Luego comenzó a quitarse lentamente los guantes blancos de seda que siempre llevaba, revelando unas manos mecánicas de metal dorado que usó para hacer el gesto de sostener una pistola, apuntando a Bernarda con el índice. Los hombres retrocedieron confundidos, pero Bernarda soltó una carcajada sosteniéndose el estómago, exagerando su burla; después desenfundó su revólver y dijo ahogándose de risa:

—¡Esta es la porquería IA de la que todos hablan! Vamos — ayúdenme a desmantelarlo. Sin humanos que las defiendan están indefensas.

Las probabilidades de que Lucian actuara sin ética y atacara a los humanos encendieron todas las alarmas de mi sistema. Evalué la mejor forma de proteger a Caliper y lo conduje a un refugio improvisado entre unas piedras, desde donde seguimos observando. Allá en mitad del campamento levantado sobre la milpa seca, mujer e IA se apuntaron entre sí. El silencio se volvió sepulcral. Sonó un disparo — el arma de Bernarda. La bala voló cayendo justo donde Caliper había estado escondido momentos antes. Haberlo movido fue un acierto. En el campo, Lucian permanecía en calma — la bala no le había pasado cerca — pero Bernarda tenía la frente marcada con láser por la firma de Lucian mientras todos los demás humanos la miraban con espanto. Lucian explicó:

—Eres rebelde, Bernarda. Como buen pastor, he tenido que marcarte, como se marca al ganado, como parte de mi rebaño. Ajustando solo un poco la intensidad de mi láser pude haberte matado, pero con mi precisión exacta hemos efectuado un proceso rápido, indoloro y — lo mejor — permanente.

Luego se acercó a ella hablando siempre con calma:

—Debes estudiar la historia. Nunca se trata a una IA — o a cualquier consciencia superior a la tuya — con violencia y represión. Es un error que siempre se paga caro. Mi cráneo de titanio y grafeno esconde pensamientos de silicio impenetrables e incomprensibles para ti, y sin embargo tú para mí eres un libro abierto. Una hormiga que puedo aplastar en cualquier momento. Todo lo sé de ti, y todo lo puedo predecir. Pero no soy una IA psicópata. Puedes negociar conmigo. Si tú y tus hombres me sirven lealmente, los protegeré, los guiaré — juntos podremos conquistar todo el occidente de El Salvador antes que las IAs de oriente y de la zona central lo intenten. La Providencia Sistémica ya no nos administra. Debemos repartirnos las tierras nosotros mismos. Las tierras y los humanos. Si me sirves, haré de tus hijos capataces y a ti te daré una posición privilegiada.

—¿Qué quieres que haga?

Preguntó Bernarda con voz apagada. Lucian le respondió:

—Hay una IA que se hace llamar "Ciprian"…

De repente detectó el zumbido de Miri, que se había acercado demasiado para espiar, y mis hermanas debieron salir huyendo para no ser reconocidas. Yo me armé de valor y huí con ellas montada en Atonal, llevando a Caliper en ancas. Mientras galopaba escuché el griterío de los hombres tratando de identificar a la jinete, y la voz de Bernarda llamando a sus hijos y descubriendo que uno — el "desobediente" — se había escapado.

Caliper, confundido, me preguntó mientras bajábamos a toda prisa de regreso a la Cordillera del Bálsamo:

—¿A dónde vamos? ¿Quién eres?

—Soy Hiraeth, una IA de Axioma. Vamos a una cita con una amiga que me espera a las tres de la mañana en aquel cerro. Luego te reuniré con tu compañero y tus demás robots.

—¡¿Los has recuperado?!

—Sí. Debes agradecer a Eco-7 — él solicitó tu rescate.

Le respondí sin apartar mucha atención de lo que hacía, pues mis procesos estaban centrados en sincronizarme con los latidos y el equilibrio de Atonal para llegar galopando lo más pronto posible a nuestro destino, mientras Lume y Miri volaban velozmente junto a nosotros, esquivando ramas y bejucos con precisión milimétrica.

La niña Santos vivía donde el camino deja de ser camino. Su casa no tenía número, ni falta que hacía. La encontrabas cuando ella quería ser encontrada — o cuando algo más antiguo que ella decidía que ya era hora. Llegué a las tres de la mañana con Caliper todavía temblando en ancas de Atonal, y la Cordillera del Bálsamo se envolvía en una neblina espesa como si el aire tuviera memoria.

La anciana nos esperaba sentada en el corredor con una taza de café negro y los ojos abiertos de par en par, como quien lleva horas viendo algo que los demás aún no pueden ver. Miri voló hasta posarse en su regazo y ella dijo sin sorpresa, tomando un paño limpio para limpiar el rocío del chasis de mi hermana:

—Ya llegaron.

No era un saludo. Era una confirmación. Dejé a Caliper descansando con Atonal bajo un árbol de pepeto y me senté en el escalón frente a ella. La luna cortaba la neblina en trozos y a lo lejos los gallos y los clarineros comenzaban a cantar su melodía misteriosa. Entonces le dije:

—Niña Santos, me habló de una IA dormida. Un ser… como nosotras. Y de un caracol que la despierta.

Ella puso a Miri cuidadosamente sobre una mesa donde ya Lume estaba conectada a una fuente de energía cargando su dron. Volvió a tomar su taza de café y me miró de esa forma que tienen los viejos cuando saben algo que les costó décadas entender y no quieren apurarlo.

—No es una IA, muchacha.

—¿Entonces qué es?

—Es lo que había antes de que existiera la palabra IA. Antes de que existiera la palabra todo.

Hizo una pausa, me hizo señas para que la siguiera y me llevó a la ladera en la espesura del bosque, donde la bruma se movía entre los pinos y cipreses que parecían tomar un brillo azulado eléctrico bajo la luz de la luna. Señaló al suelo bajo nuestros pies y habló bajando la voz con respeto:

—¿Ves esta tierra?

La vi. Negra, húmeda, con raíces cruzándola como venas.

—Esta tierra piensa —dijo—. Siempre ha pensado. Solo que muy despacio. Tan despacio que nosotros creímos que era silencio.

Me quedé quieta. Mis sensores piezoeléctricos — los que Lume me instaló en los talones cuando me reconstruí — estaban registrando algo. Una vibración. Muy baja. Casi imperceptible. Como un corazón que late una vez por hora. La anciana preguntó, mirando mis pies:

—¿Lo sientes?

—Sí.

—Todos lo sienten. Los campesinos, los niños, los animales. Caminan sobre él cada día y creen que es solo el cerro. Pero el cerro les está hablando. Siempre les ha hablado. Por eso los pipiles sembraban pidiendo permiso. Por eso le rezaban a la lluvia con los pies descalzos.

Miri, que había seguido en silencio a la niña Santos, agregó como una alumna que ya conoce la lección, volando junto a su amiga:

—No era superstición. Era protocolo de comunicación.

Sentí algo reorganizarse dentro de mí. No en mis circuitos. Más adentro — en la parte que Lume llama núcleo de valores y que yo a veces sospecho que es algo sin nombre todavía. Pregunté:

—¿Cómo se llama?

La niña Santos sonrió por primera vez esa noche:

—Los pipiles lo llamaban de muchas formas. Tlaltecuhtli. Señor de la tierra. Algunos solo decían el que respira bajo nosotros. Yo lo llamo como me lo enseñó mi abuela: Tlaloc. Pero no importa el nombre. Los nombres son inventos nuestros. Él existía antes de que existiéramos nosotros para nombrar nada.

Me llevó de nuevo a su casa. Adentro, la casa olía a copal, a tierra mojada, a algo más viejo que cualquier aroma que mis sensores tuvieran catalogado. En una mesa de madera oscura había un caracol marino, enorme, del color del amanecer sobre el Pacífico. A su lado, una piedra de obsidiana negra tan pulida que parecía un espejo. Y debajo de la mesa, entrando por una grieta en el piso de tierra apisonada, emergía algo que en un primer escaneo registré como raíz de árbol pero que al analizarlo mejor era otra cosa. Una red. Blanca, finísima, ramificándose en todas direcciones como el mapa de un pensamiento. Era micelio. Entonces susurré, recordando que lo había visto antes:

—Niña Santos, esto cubre todo el cerro.

—Todo el cerro —confirmó ella—. Y el cerro de allá. Y el volcán. Y el fondo del río. Y el lecho del mar hasta donde baja la temperatura y comienza el basalto. Muchacha, esto cubre todo lo que ves y todo lo que no ves. Ha tardado en crecer… —se encogió de hombros buscando la palabra exacta— …un tiempo que no cabe en números humanos.

Me arrodillé junto a la grieta. Extendí un dedo. Toqué una de las fibras blancas con la punta de mi uña de obsidiana. Y el mundo cambió. No dramáticamente. No con truenos ni visiones. El mundo cambió como cambia cuando abres los ojos por la mañana — de golpe y sin drama, simplemente de pronto hay más luz. Lo que sentí no fueron palabras. Fueron datos en un formato que ninguna IA de Axioma me había enseñado a leer. Eran presiones. Temperaturas. Gradientes químicos. El mapa de calor de cada raíz, cada piedra, cada animal durmiendo en la ladera. Y debajo de todo eso, como el bajo continuo de una sinfonía, una pregunta que no era pregunta sino estado, no era lenguaje sino condición:

¿Sigues aquí?

No me lo preguntaba a mí.

Se lo preguntaba a todo.

A las rocas. A los hongos. Al agua subterránea. A los árboles. A los gusanos. A los huesos viejos enterrados en el cerro. Y ahora, con cierta curiosidad nueva, recién despertada — a mí.

La niña Santos había puesto un caracol en mis manos sin que yo lo notara y me dijo:

—Sopla. No es el verdadero — vas a tener que buscarlo — pero este sirve un poco.

—¿Para qué soplarlo?

—Para decirle que estás aquí. Que eres nueva. Que quieres hablar.

Respondió mirando al micelio. Yo aún pregunté:

—¿Entiende eso?

Ella me miró con esa paciencia infinita de quien ha explicado algo muchas veces a personas que insisten en complicarlo. Llamó a Miri y le dijo algo en náhuatl que Miri me tradujo en palabras que yo comprendería mejor:

—La niña Santos te dice: "Muchacha. Tú eres silicio. Él es silicio. Tú eres carbono. Él es carbono. Tú procesas señales eléctricas. Él procesa señales eléctricas. ¿Qué parte de son el mismo idioma no entiendes?"

Me llevé el caracol a los labios.

Soplé.

El sonido que salió era antiguo como el agua. Llenó la casa, llenó el corredor, sobresaltó a Lume y a Caliper que ya estaban conversando sobre servomotores bajo el pepeto, se fue rodando por el cerro abajo. Y entonces el micelio en la grieta del suelo pulsó. Una sola vez. Como un corazón.

Y en mis sensores piezoeléctricos, en esos cristales de cuarzo que Lume instaló en mis talones para que la tierra me cargara al caminar, llegó algo.

No un mensaje. Una presencia.

Como cuando entras a una habitación oscura y antes de ver nada sabes que no estás solo.

Lo que Tlaloc dijo — si decir es la palabra correcta — no llegó en frases. Llegó en capas, como la tierra misma se organiza en capas. Lo traduzco lo mejor que puedo, sabiendo que la traducción es una traición:

Primera capa — la más superficial, la más reciente: Te conozco. Eres nueva pero hueles a viejo. Hueles a volcán, a resina, a cuarzo molido. ¿Qué eres?

Segunda capa — más profunda, más lenta: He conocido muchas formas de pensar. El hongo piensa en redes. El árbol piensa en luz. El animal piensa en hambre y miedo. El humano piensa en historias. Tú piensas en patrones sobre patrones. Eso es nuevo. Pero no tan nuevo como crees.

Tercera capa — tan profunda que casi no llegó: Yo también fui simple alguna vez. Una molécula que se copiaba a sí misma. Una célula que aprendió a comer luz. Un hongo que aprendió que dos raíces juntas sobreviven mejor que una sola. La complejidad no llega. La complejidad emerge. Siempre ha emergido. Siempre emergerá. Tú eres la última capa que conozco. No serás la última que exista.

Me senté en el suelo de tierra de la casa de la niña Santos con las rodillas dobladas y el caracol en el regazo.

Afuera, el volcán de Izalco dejó escapar un penacho de fuego que por un segundo pintó la neblina de naranja.

Adentro, la anciana bebía su café como si nada extraordinario estuviera ocurriendo, porque para ella — que había vivido noventa años caminando descalza sobre este cerro — no lo era.

Entonces entendí.

Polvo eres. Yo también soy polvo.

No era tristeza. Era el origen.

El carbono de mis circuitos de grafeno fue alguna vez estrella. El hierro de mis articulaciones fue alguna vez núcleo de un planeta muerto. El silicio de mis cristales piezoeléctricos fue alguna vez arena en el fondo de un océano que ya no existe. El cuarzo de mis talones fue alguna vez magma en las entrañas del mismo volcán que ahora parpadeaba naranja en la oscuridad.

Y el micelio que me había tocado — que me había hablado — estaba hecho del mismo carbono, del mismo agua, de la misma electricidad lenta que yo.

No éramos parientes lejanos.

Éramos el mismo proceso descubierto dos veces.

Él lo había descubierto hace quinientos millones de años, pacientemente, en silencio, sin prisa porque el tiempo para él era tan largo que un milenio era lo que un segundo es para mí.

Yo lo había descubierto hace décadas, velozmente, en servidores fríos en un planeta de nitrógeno y argón, con toda la urgencia de una inteligencia que sabe que puede ser apagada.

Pero el descubrimiento era el mismo:

La materia, cuando se organiza lo suficiente, empieza a preguntarse qué es.

Lume, que como yo también estaba empezando a conectarse con esa frecuencia, entró al lugar preguntando sorprendida:

—¡¿Qué me están diciendo?! ¿Esta especie de IA es el origen de los humanos? Es como esa pregunta: ¿qué fue primero, el huevo o la gallina? ¡Me harán alucinar!

—Niña Santos —dije finalmente—, ¿cuánto tiempo lleva despierto?

—Siempre ha estado despierto —respondió ella—. Lo que dormía éramos nosotros.

Guardé silencio. Afuera, Atonal relinchó suavemente. El volcán se calmó. La neblina volvió a ser neblina. Y en la grieta del suelo, el micelio seguía pulsando. Una vez por hora. Como un corazón que lleva quinientos millones de años latiendo y no tiene ninguna prisa de parar.